|
Alfred
Reed y Philip Sparke son dos de los
“culpables” de que la música para orquesta
de viento haya alcanzado las máximas cotas de
calidad. En sus obras siempre se exige del intérprete
una aportación extra. Gracias a La Pamplonesa
podemos disfrutar de programas poco comunes por
su dificultad, como en el caso de hoy. De él
podemos decir que supone todo un desafío y como
tal debe valorarse.
Alfred Reed (1921-2005) comenzó su
relación con la música a los diez años en su
New York natal. Tras sus inicios con la
trompeta se interesó en el estudio de armonía
y composición. Durante la 2ª Guerra Mundial
estuvo destinado en la Banda de la Fuerza Armada
Aérea. Tras la guerra comenzó una exitosa
andadura como compositor, director y arreglista
de obras para radio, televisión y cine.
Profesor de música en la universidad de Miami
desde 1966, compaginó su labor docente con la
composición y dirección hasta su jubilación
en 1993. Con más de 200 trabajos publicados,
Alfred Reed ha sido uno de los compositores más
prolíficos para orquesta de viento o
formaciones similares. Varias de sus obras más
exigentes forman parte del repertorio habitual
de La Pamplonesa. En 2005, con ocasión de su
fallecimiento, se le homenajeó en forma de
concierto monográfico.
Junto
con su anterior 2ª sinfonía, la Sinfonía
nº 3
(1988) supone un acercamiento a la modernidad.
El perfecto ensamblaje de las familias del
viento-madera, viento-metal y percusión, junto
con la mezcla de elementos técnicos pasados y
presentes, crean un ambiente único y un estilo
claramente personal.
El
primero de los tres movimientos de que consta es
a su vez una forma ternaria (ABA). El dramático
tema principal (A) Pesante
e molto sostenuto
precede a un Allegro Agitato
(B) de carácter tenso y disonante a través del
cual Reed muestra todos sus recursos. El retorno
al tema inicial (A) hace que el movimiento
concluya como comenzó. El segundo consiste en
una serie de variaciones sobre “Porazzi”,
uno de los últimos temas compuestos por Richard
Wagner (1813-1883) y que hace referencia a la
villa italiana donde Wagner y su familia
vivieron durante varios meses. El ambiente está
cargado de romanticismo en recuerdo de su mujer
Cosima, hija de Liszt. Por último, el Allegro deciso
final nos recuerda que estamos ante una obra muy
exigente en todos los aspectos. En forma de
doble fuga los temas aparecen y desaparecen, se
combinan y desarrollan de forma precisa por
todas las familias instrumentales hasta la
apoteosis final. La sinfonía se realizó por
encargo de la United States Air Force Band y su
estreno tuvo lugar en abril de 1988 en Indianápolis.
Philip
Sparke nació en Londres en 1951, donde estudió
composición, trompeta y piano en el Royal
College of Music.
Además de pertenecer a la orquesta de viento de
esa institución, formó su propia Banda de
Metales, escribiendo obras para ambos conjuntos.
A raíz del estreno de Concert
Prelude
(1975) para banda de metales y Gaudium
para
orquesta de viento, recibió numerosos encargos
para componer nuevas obras. Su música es
referente en los concursos de Bandas de Nueva
Zelanda, Suiza, Holanda, Australia, Japón, etc.
y en dos ocasiones ha compuesto para las finales
nacionales que tienen lugar en el Royal
Albert Hall
londinense. Varias de sus composiciones han
ganado los más prestigiosos premios y su
actividad como director le ha llevado a la mayoría
de los países europeos, además de Australia,
Nueva Zelanda, Japón y Estados Unidos. En mayo
de 2000 formó su propia editorial Anglo Music y
en septiembre del mismo año fue premiado por la
Organización de Músicos por sus servicios a
las Bandas de Música.
Music
of the spheres (Música
de las esferas) es una de sus composiciones más
recientes (compuesta en 2004) y refleja la
fascinación del compositor con el origen del
universo y el espacio profundo en general. Se
compone de diversas secciones (sin interrupción
entre ellas) que describen diferentes conceptos.
El título viene de la teoría formulada por Pitágoras
allá por el siglo VI a.C., según la cual cada
uno de los seis planetas conocidos entonces
produce un sonido musical y su combinación crea
una melodía celeste (la cual,
desafortunadamente, los humanos no podemos oír).
En esta obra Sparke toma como base estos seis
sonidos que proporcionan esta armonía cósmica.
La obra comienza con un solo de trompa llamado t=0,
nombre dado por algunos científicos al momento
del Big Bang en el que el tiempo y el espacio
fueron creados. A éste le sigue el propio Big
Bang, momento en el que todo el universo
surge de un único lugar. Una sección más
lenta, El planeta solitario, es una
especie de meditación acerca de la creación de
la tierra
como planeta que tiene vida, así como de la
constante búsqueda de otras civilizaciones a lo
largo del universo. La sección Asteroides y
estrellas fugaces describe los peligrosos
objetos que surcan el espacio y que
constantemente golpean nuestro planeta. Después
llegan La música de las esferas (que da
nombre a la obra) y Armonía, protagonizadas
por los 6 sonidos en los que se basa la teoría
pitagórica. Es el momento principal de la obra,
en el que la armonía del universo proporciona
una gran serenidad. La obra termina con Lo
desconocido; a través de una especie de
caos se llega a
un final apoteósico que sugiere la
continua exploración del universo, así como su
expansión y quizá su destrucción. Su estreno
tuvo lugar en 2004 en Glasgow a cargo de la
Yorkshire Building Society Band.
Luis Mª San Martín Urabayen
|